Buscando el Norte: Cantabria (4)

Día 6: Monasterio de Santo Toribio de Líebana, Playa de Oyambre, Gerra, Federica & Co y Somo

El viaje comienza a entrar en su recta final. Hoy desayunamos en un bar del pueblo, damos un paseo por el margen del río y dejamos Potes para ir hacia la costa, pero antes nos desviamos un poco hacia el interior para visitar el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, final de la Ruta Lebaniega y uno de los lugares santos del cristianismo. En su iglesia se guarda una importante reliquia, el Lignum Crucis, el pedazo más grande de la cruz de madera donde fue crucificado Jesucristo. Según nos cuenta la señora que cuida la iglesia, la madera es de arce rojo (una especie que estaba presente en el Monte de Los Olivos en la época) y, según los análisis, tiene más de 2000 años.

Potes

Desde allí, volvemos a pasar por Potes y seguimos camino hasta el desfiladero de la Hermida. El trayecto es muy bonito, aunque inquietante (por las redes que hay sobre nuestras cabezas con piedras que han caído de la montaña). El río nos acompaña todo el camino, fluyendo, como nosotros. Una travesía de montaña inolvidable.

En el trayecto la carretera nos lleva fuera de los límites de Cantabria y ya podemos decir que ¡hemos estado también en Asturias!. Después de una hora de trayecto, llegamos a San Vicente de la Barquera, en donde cogemos la carretera de la costa para visitar el Parque Natural de Oyambre. Hoy el día está precioso y San Vicente de la Barquera luce espectacular. La vista desde la otra orilla de la bahía es preciosa, pero no encontramos lugar para parar a tomar la foto y me quedo desconsolada. En los días claros de invierno la imagen es inigualable, ya que se ven los Picos de Europa nevados detrás de la bonita villa marinera.

San Vicente de la Barquera

Mi amigo Luis, desde Tenerife, me insiste en que no nos podemos perder Oyambre, y Fer y Lucía de La Infinita Rural Boutique también nos han recomendado la zona, así que allá que vamos. Pasamos por varias playas y nos dirigimos a la primera recomendación que nos han hecho los infinitos: ir al Hotel Gerra Mayor y tomarnos una cervecita en sus jardines al atardecer. Como no vamos a poder estar allí para disfrutar de la puesta de sol, que dicen que es un espectáculo, nos tomamos una cerveza a pleno sol disfrutando de las increíbles vistas de la playa de Gerra y de toda la costa desde la colina que hace de jardín de este hotel. El enclave maravilloso. No nos querríamos mover de ahí. Allí nos encontramos con un chico, al que le pedimos que nos haga una foto de los tres, que también mira embelesado el paisaje. Nos cuenta que había venido una vez al atardecer y que hoy estaba de paso por la zona y ha parado para recrearse la vista con esta maravilla. Nosotros también seríamos de los que regresan.

Salimos con el alma acariciada y seguimos camino hasta la Playa de Oyambre. Al final de la playa, desde la carretera, se puede ver un paisaje muy singular, una especie de isla desierta en medio de la ría y con mar al fondo.

Volvemos sobre nuestros pasos y aparcamos en la playa, que está a tope. Paramos a repostar fuerzas en el bar del camping y con un bocadillo de rabas entre pecho y espalda nos disponemos a darnos nuestro primer baño cántabro. La playa es muy bonita. De arena blanca, muy ancha y bastante larga. Nos metemos en el agua y, para nuestra sorpresa, encontramos el agua caliente. ¡Y luego dicen que lo del cambio climático es una bobería! Parece que nos estamos bañando en Benidorm en vez de en el Cantábrico. Nosotros, que estamos acostumbrados a los baños reconstituyentes de nuestro Atlántico, salimos un poco desconcertados. Paseamos para recorrer la playa hasta el final y allí encontramos la desembocadura de la Ría de la Rabia y la especie de islita que habíamos visto desde la carretera. Es curioso ver agua por los dos lados de la lengua de arena, por un lado dulce y por otro salada. Al bañarse en esta zona se nota una fuerte corriente que hace que no avances cuando nadas.

Playa de Oyambre

Después de nuestro baño, nos damos una ducha para endulzarnos y seguimos camino. Nos dirigimos a Novales, un pueblo famoso por sus limones, a visitar la tienda-hotelito-escuela de cocina de Federica & Co, otro de esos lugares con alma que descubrí a través de las redes y que dos amigas, que habían podido disfrutarlo, me habían dicho que no podía perderme. En un pueblecito perdido, cerca de Santillana del Mar, Federica Barbaranelli (que tuvo durante años una exitosa tienda de decoración en Madrid con el mismo nombre), se ha reinventado dedicándose a su pasión por la cocina y los sencillos placeres de la vida. Atravesar las verjas de esta casa de indianos, en las que te dan la bienvenida sus corazones de pizarra con mensajes, es sumergirse en un universo de vida sencilla y buen gusto en el que se valora sobre todo el tiempo y la calidad de los productos. Entramos con un poco de pudor en la casa y nos reciben con una sonrisa y nos invitan a curiosear. A la derecha, está la cocina en la que hacen los cursos de cocina, en los que hace especial honor a sus orígenes italianos. Me imagino esas interminables conversaciones alrededor de esa mesa de trabajo mientras se preparan riquísimos platos (me lo apunto en mi lista de planes por cumplir). A la derecha, un coqueto salón y comedor en el que todo está en venta, desde los paños de cocina de lino francés a los cubiertos de plata o los espejos antiguos. En la planta de arriba están las tres habitaciones de este coqueto Bed & Breakfast, que tiene la peculiaridad que sólo acoge una reserva cada vez, para que los huéspedes tengan privacidad. Da igual que sea un grupo de 6 ó sólo 2 personas.

Detrás de la casa, al fondo del jardín, junto al huerto orgánico, está la tienda en la que mis ojos bailan de una pieza a otra de menaje cuidadosamente elegido. Salimos buscando a sus burritos, muy famosos en Instagram, y los encontramos en un espacio que han habilitado especialmente para ellos, para que no se coman el huerto y las flores del jardín. Me da pena no haber tenido la oportunidad de conocer a Federica, que no se encontraba en la casa en ese momento, porque debe de ser una persona muy especial y de gran sensibilidad. Me encanta que haya sido capaz de levantar un proyecto tan especial y personal.

Emprendemos camino hacia nuestro nuevo destino: Somo. Allí nos espera el último alojamiento del viaje, la Posada Casa Aurelio. Con este alojamiento no teníamos muy altas las expectativas porque era el más económico del viaje, pero las superó y nos descubrió un nuevo universo a explorar para nuevos viajes cántabros: las posadas.

Posada Casa Aurelio, Somo

La posada está en una zona residencial de Somo, a 200 metros de la playa por un camino entre pinares, y es una antigua casa de labranza rehabilitada en los 90 como casa rural. Alicia nos está esperando para enseñarnos nuestra habitación familiar (una de las cuatro de la casa) y el salón comedor dónde se sirve el desayuno. Tomamos nota de algunos lugares para cenar que nos recomienda, El rincón de Zeto, Las Tablas y el Pinar. Salimos afuera a ver el enorme jardín en el que hay unos columpios y una mesa con bancos. Estamos encantados por la relación calidad-precio.

Después de descansar un poco, salimos a conocer el pueblo y ver la playa, famoso spot surfero. Hay mucho ambiente de gente joven en el parque de skate y escuelas de surf por todos lados. La playa es enorme y preciosa, con la vegetación llegando a la arena. Vamos en busca de una de las recomendaciones de Alicia y nos decantamos por la Taberna Las Tablas. Nosotros que somos de cena tempranera, llegamos antes de que abran la cocina, así que tenemos que dar otro paseo hasta la hora de apertura. La especialidad parecen ser unas apetitosas tablas variadas, tanto de embutidos como de mariscos. Pero nosotros nos decantamos por unas anchoas de Santoña (que aún no habíamos probado y están exquisitas), unos chipirones y una ensalada. Está todo muy rico y el precio ajustado.

Playa de Somo
Parque de skate, Somo

Con un helado en la mano nos dirigimos a la playa de nuevo a disfrutar del atardecer. Estamos los tres como alelados, relajados y repletos de imágenes bonitas. Ha sido otro día precioso en Cantabria.

Atardecer en Somo

DÍA 7: Valles Pasiegos y Santander

Esta mañana nos debatimos en qué emplear nuestro último día. Playa o valles. Finalmente decidimos que, pese a que las playas son preciosas, tenemos más de esto en casa que valles verdes, así que vamos a empaparnos de mundo rural.

Antes de salir tenemos que conseguir imprimir las tarjetas de embarque de Ryan Air. Alicia tiene la impresora rota, el señor del estanco tiene a su mujer en el paritorio y no está… Tenemos que encontrar una solución porque si no nos cobrarán un dineral en el aeropuerto. Así que decido entrar en una asesoría, que había localizado la noche anterior, y les pido el favor y muy amables me lo hacen. Ya podemos salir tranquilos a vallear.

Las primeras poblaciones de entrada a los Valles Pasiegos son más grandes y deben de ser los núcleos de actividad de la zona. Según nos vamos adentrando hacia el interior empezamos a disfrutar de pequeños pueblos con encanto y mucho verde. Nos desviamos de la ruta y nos metemos por una carretera siguiendo un cartel de la Casa de Lope de Vega y nos dejamos llevar por una vía circular en la que disfrutamos del paisaje y de las vacas.

Volvemos al redil y seguimos nuestro camino. En el Valle de Carriedo nos encontramos con una casona repleta de geranios en macetas rojas que llama nuestra atención y, a su lado, un precioso palacio barroco, Palacio de Soñanes, que es hoy día un hotel. Entramos dentro. Sorprende encontrar un hotel tan bonito en un pequeño pueblo.

Seguimos camino hacia nuestro destino, Vega de Pás, la cuna del sobao pasiego. Así que allá vamos, en peregrinación, para ver con nuestros ojos la hierba que comen las vacas de las que se produce la mantequila con la que se hacen los auténticos sobaos pasiegos. Y de paso llevarnos una cajita.

Por el camino, belleza, más belleza y cabañales. El paisaje cántabro me da mucha serenidad con sus verdes colinas y sus contornos suavizados. Es como si todo estuviera bañado por energía positiva.

Nos detenemos en un mirador a contemplar los cabañales, agrupaciones de cabañas con sus prados cercados por muros de piedra, que constituyen una forma de organización del territorio particular de esta zona. Con la evolución del pastoreo nómada al pastoreo intensivo, en prados cerrados, se produce una simbiosis entre la casa-cabaña, que da pie a la cabaña pasiega que vemos por esta zona. En la parte de abajo, las cuadras para los animales y en la parte superior, la vivienda. Los prados delimitados por muros de piedra separan las distintas propiedades, que se agrupan de esta manera.

Llegamos a Vega de Pás , y pasamos por el Museo de las tres villas pasiegas y llegamos hasta la plaza del Dr. Madrazo, en busca de Casa Frutos, el restaurante que nos ha recomendado un amigo cántabro. Seguimos en nuestra línea. Un almuerzo ligero de lechazo y cocido montañés, a 30º de temperatura ambiente. Muy rico y a un precio excelente. Nuestros planes de seguir explorando la zona y llegar hasta San Pedro de Romeral se diluyen y sólo pensamos ya en ponernos en modo siesta. Antes, pedimos a la camarera que nos recomiende donde comprar los mejores sobaos pasiegos de la zona, que para eso habíamos llegado hasta aquí. Compramos un kilo de sobaos pasiegos de mantequilla en Etelvina Sañudo (deliciosos) para llevar a casa y emprendimos rumbo a Somo.

Tras una larga hora de sopor al volante, el trayecto se hace duro para el conductor que no ve la hora de llegar y meterse en la cama.

Después de una siesta reparadora nos ponemos en marcha dispuestos a recuperar nuestra asignatura pendiente: conocer Santander y hacer algo que nos apetece mucho, atravesar la bahía de Santander en barco. Cada media hora zarpa de Somo un pequeño barco de la compañía Los Regina que hace el trayecto Somo-Pedreña- Santander. Es un viaje muy agradable que permite disfrutar de la impresionante bahía. Pasamos cerca de un brazo de arena blanca y vemos a la gente disfrutar en la playa.

La travesía se pasa rápido ya que te entretienes con los barcos que se cruzan, un hombre que pasa con una tabla hidrofoil de windsurf, unos niños remando en una trainera, los edificios de Santander que se acercan… Llegamos al muelle, que está junto al Palacete del Embarcadero, muy cerca del Centro Botín. Tenemos poco tiempo y queremos hacernos una idea general de la ciudad así que, cual guiris que somos, nos subimos al autobús turístico (o guiri guagua). Hay muy poca gente, así que nos podemos poner en la parte delantera en la planta de arriba. Durante una hora recorremos los puntos más destacados de la ciudad escuchando las interesantes explicaciones. No podemos bajarnos a explorar ninguna zona porque perderíamos el barco, pero nos hacemos idea de la ciudad. Una ciudad señorial volcada al mar en la que se respira calidad de vida. Un lugar donde podríamos vivir.

En la parada de la playa de Sardinero pido permiso para bajarme un momento a sacar una foto y puedo ver lo bonita que es la playa y lo llena que está. Hemos tenido mucha suerte con el tiempo estos días y la gente lo está disfrutando.

Queremos despedirnos de Santander como empezamos este viaje, con un pincho de tortilla en El Machi. Nos bajamos en la parada de la Catedral y caminamos hacia allí. La tortilla hace horas que se ha acabado, así que, como perrito con el rabo entre las piernas, nos dirigimos a otro de los sitios que nos habían recomendado el primer día, en Bar Cos, donde tomamos un aperitivo. Es hora de regresar a tomar el barco. El paseo con la luz de la tarde es aún más agradable.

Mientras navegamos, pasamos muy cerca de una playa desierta en la que un hombre entra en el mar en ese momento a darse el último baño del día. Según nos aproximamos a Somo, observamos cómo la marea ha bajado muchísimo en estas horas y el capitán dirige con destreza el barco para que no encalle. El paseo ha valido mucho la pena. Apuntamos en nuestra lista de cosas por hacer visitar Santander más a fondo y conocer el Palacio de la Magdalena. Se nos acumula el trabajo para el próximo viaje, pero hemos disfrutado tanto de este que no nos importa no haberlo visto todo. Hemos vivido y disfrutado mucho.

Como somos animales de costumbre, decidimos ir a cenar de nuevo al mismo lugar, Taberna Las Tablas, para probar las zamburiñas, que anuncian en la carta como buenísimas y realmente lo están. Brindamos con verdejo por esta semana estupenda y ponemos rumbo a nuestra casa para hacer las maletas. Mañana parte nuestro avión y volvemos a nuestra feliz rutina.

FIN

Gracias por haber llegado hasta aquí. Ha sido una experiencia increíble haber revivido este viaje con todos ustedes.

Gracias a mi marido y mi hija por ser mis compañeros de viaje favoritos, mis cómplices, mi motor y mi fuente de inspiración.

Muchas gracias por habernos acompañado con comentarios y mensajes. Han sido la gasolina para seguir escribiendo y recordando.

¡Nos vemos en el próximo viaje!

8 comentarios sobre “Buscando el Norte: Cantabria (4)

  1. Muchas gracias Patri, me ha encantado conocer Cantabria a través de tus maravillosas fotos y comentarios de todo vuestro recorrido.

    Es todo precioso. Iré tan pronto pueda.

    Muchos besos

    Aurora

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  2. Oooohhh, qué pena que se haya terminado ya el viaje. Me alegro de que lo pasaran tan bien. Yo me lo he pasado también muy bien leyendo los posts. Por cierto, si todavía tienes algún sobao por ahí….guárdamelo please. ¡¡Gracias!!

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