Hace unos años viajé a Nueva York con mi marido y mientras paseaba por las calles de Manhattan no podía alejar de mi mente las imágenes de la caída de las Torres Gemelas. El día en el que el mundo cambió.
Esta semana se ha cumplido la mayoría de edad del día en el que perdimos la inocencia, el 11-S. Ese día en el que la nación más poderosa del mundo se dió cuenta de que era vulnerable, de que sus fronteras no eran inexpugnables y que el enemigo se había logrado colar en su sistema, en nuestro sistema. El día en que comenzó la desconfianza ante todo lo diferente y en el que nuestras libertades comenzaron a desaparecer en pos de la seguridad.
Recuerdo ese día como si fuera hoy. Volvía del trabajo para comer en casa cuando en la radio del coche anunciaron el choque del primer avión contra una de las Torres Gemelas. ¿Un accidente?. Todo era confuso. Cuando aparqué fuí a buscar a mi marido que estaba en un bar cerca de su trabajo y comentamos desconcertados la noticia. Luego subí a casa, encendí la tele y comenzó el bombardeo de imágenes del avión chocando, gentes cayendo desde las alturas, ambulancias, nubes de polvo… y, de repente, en directo el segundo impacto. Me quedé durante horas delante del televisor, hipnotizada ante tanto horror, sin poder reaccionar.
Mientras caminaba por Manhattan, años después, imaginaba la sensación de orfandad que habría invadido a los habitantes de esta ciudad al ver desaparecer esos dos hitos y al haber sobrevivido a un espectáculo tan dantesco. Levantarse al día siguiente para ir a trabajar, para reiniciar su vida después de ese día trágico, y encontrarse con esa dolorosa cicatriz en el horizonte y en el corazón.
Porque a pesar de que sobre los cimientos de las torres se haya levantado la Freedom Tower, como muestra del poderío y la capacidad de resilencia americana, a sus pies los nombres grabados en sus dos impactantes fuentes nos recuerdan a cada una de las personas que ese día salieron de sus casas para no volver. Personas que vieron truncadas sus vidas sin esperarlo. Que no se despidieron de sus personas queridas. Que se quedaron con sus historias por escribir.
Un recordatorio de que todos somos vulnerables. No hace falta que un avión colapse contra un edificio. Es más sencillo. La vida nos puede dar un vuelco de un día para otro, de un segundo al siguiente. Deberíamos de recordar cada día que estamos aquí de paso, valorar todo lo que tenemos y a las personas que nos quieren porque todo puede hacerse añicos en un instante. Así que a dejarnos de boberías y ¡a querernos más!.
Y tu, ¿cómo recuerdas el 11-S?, ¿recuerdas qué hacías cuando ocurrió?, ¿qué es lo último que harías si estuvieras en esa situación?
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Y recuerda, ¡la vida es un viaje! Disfrutémosla cada día.
Patri, muy acertado tu comentario sobre el 11S: bien escrito y lleno de valores. Me podría servir perfectamente para un “Buenos días” a los alumnos de Secundaria en nuestro colegio salesiano de Las Palmas, en donde ya estoy como residente desde el 29 de agosto. Ojalá nos veamos prontito. Un cordial saludo. José Luis
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Muchas gracias, Josep Lluís. Muchos éxitos en tu nueva etapa. En cuando crucemos el charco te avisamos para verte. Un abrazo
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Una reflexión muy acertada. Yo estaba en Roma cuando ocurrió, en la terraza de un restaurante y un señor se acercó gritando q viéramos la tele. Fué impactante. Roma se paralizó y los escaparates de las calles se llenaron de teles para q estuviéramos debidamente informados ¡¡¡tremendo!!!
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Gracias por compartir tu vivencia, Nonó!
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Patrishia, es cierto que la vida nos puede dar un vuelco de un día para otro, así que totalmente de acuerdo contigo. A agradecer lo que tenemos y a valorar el día a día. Yo el 11S estaba volando de vuelta de una feria. Cuando estaba en el aeropuerto de Madrid haciendo escala, impactó el primer avión. Imáginate en qué estado cogí luego el vuelo de vuelta a Tenerife…..Besitos
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Vaya viaje que habrás tenido!!
Vivamos, como tu sabes también, el día a día y disfrutémoslo como si fuera el último.
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